Detrás del cristal el agua cae
y el mundo afuera se vuelve un río.
Hoy la tormenta no me retrae
ni me estremece su soplo frío.
Desde este sitio donde me siento,
donde mis viejos años ya cuento,
miro la lluvia pasar de largo...
no me estoy mojando, lo sé, lo siento,
pero en mi pecho su aroma cargo.
¡Cuántas veces el cielo fue mi techo!
Cuántas veces, corriendo de niño,
busqué el granizo con loco empeño,
tomando el hielo con fiel cariño.
Y aquel patio de juegos y risas,
donde el agua borraba las prisas
y con el jabón azul de la batea
mi madre lavaba la tarde fea,
mientras yo bailaba sin más camisa.
Vuelvo a ver al muchacho apurado
que de la escuela regresa corriendo,
con el uniforme todo mojado
y entre sus brazos los libros protegiendo.
Y en esa esquina de la memoria,
donde el amor escribía su historia,
besé a la novia bajo el aguacero;
sus manos cálidas eran mi abrigo,
la fría lluvia no era enemigo
si de sus labios salía un "te quiero".
Pero la lluvia también sabe de penas.
Cuántas veces caminé sin rumbo,
con el alma rota, llena de arenas,
viendo caer pedazos de mi mundo.
Lloré con el cielo, confundí mis lágrimas
mientras los charcos borran mis páginas.
Hoy todo es calma, la taza humea,
el café tibio me abraza las manos.
Afuera el tiempo ruge y golpea,
adentro habitan los tiempos lejanos.
No cae una gota sobre mi piel,
el viejo cuerpo está a salvo aquí,
pero en este instante, fiel al tropel,
como nunca antes... siento la lluvia.
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