Éramos cinco, mis amigos y yo,
en la edad donde todo es principio y destello,
mitad niños errantes, mitad adolescentes,
con el alma despierta y el rostro tan bello.
Deseosos de vida, de hincarle los dientes,
de comernos el mundo que el sol entregaba,
con libreta y con lápiz anotando el presente,
mientras un viejo machete el camino limpiaba.
Abrirnos paso entre la maleza y la historia,
para reír a lo grande, sin tregua ni prisa,
dejando en los campos sembrada la gloria,
en tardes eternas de juego y sonrisa.
Rodaba el balón en el suelo gastado,
fútbol, futbolito, la red del básquetbol,
el voleibol libre bajo el cielo estrellado,
y el tiempo corriendo sin ningún control.
Y aquel cerrito, testigo de todo,
donde una caja vieja de archivero de metal
era el trineo perfecto, lanzado en el lodo,
en un viaje fantástico, libre y genial.
Éramos cinco, pequeños y fieros,
valientes y osados ante los mayores,
desafiando lo más alto, como caballeros,
sin miedo a las sombras, buscando colores.
Éramos cinco, es verdad, tan poquitos,
pero en cada risa, en cada rincón,
por tantas alegrías y tantos gritos,
sin duda alguna, fuimos como un millón.
Fui protagonista. Un número, de esos 5.
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