Te fuiste...
Te fuiste con él cuando eras mía,
¡totalmente mía!, desde la cabeza hasta los pies.
Cada centímetro de tu piel sagrada
quedó marcado a fuego por un beso mío...
imborrable, eterno, en la clandestinidad.
Pero yo no era libre.
Y tú, tal vez buscando una pizca de felicidad,
te casaste con él, te mudaste a su vida.
Vivías bajo su techo, compartías sus días,
mientras el eco de nosotros seguía latiendo en el silencio.
Entonces... cayó la lluvia.
Ese bendito recuerdo de la tormenta nos volvió a juntar.
Tú y yo solos, desnudos, desprotegidos del mundo,
bajo un diluvio que borraba el pasado.
Nos dimos todo lo que teníamos para dar:
sin reservas, sin mañanas, solo carne y alma.
Regresaste a mis brazos, sí,
pero esta vez ya no eras libre tú.
Hoy sigues con él, atada al peso de tus elecciones.
Sé que miras al cielo cuando llueve.
Sé que quisieras regresar al Edén que construimos,
volver a ser Adán y Eva...
encerrados, desnudos, libres de culpa en nuestro propio paraíso.
Pero no, mi amor... no se puede.
Tú misma pediste la manzana,
la mordiste con ganas, aceptaste su destino,
y hoy... hoy ya no me perteneces.
Para ti... ya no hay paraíso.
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