Mi rincón huele a orines,
a olvido, a abandono, a espera,
a soledad y a una profunda necesidad que muerde.
Huele a la crudeza intacta de quien se queda solo,
pero no lo he mancillado con pecado.
¿A qué hueles tú,
que regresas del turismo de tu sexo?
¿A qué geografía remota,
a qué sudor ajeno que no me pertenece?
Traes en la piel el mapa de otros cuerpos,
el eco de un placer que es un viaje largo,
mientras yo guardo intacta la penumbra de mi esquina,
limpia de culpas,
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