Tu libertad no es la mía,
ni tus pasos guardan mi andar.
Compartimos el pan, el día,
los sueños, la sombra y el mar.
Compartimos la noche y el grito,
la tregua y el hondo dolor,
pero tu cuerpo es tu propio mito,
tu propio lienzo y color.
Si te marcas la piel con un trazo
que a mis ojos no cause belleza,
respetaré la frontera y el lazo:
es tu cuerpo y es tu promesa.
Si te sientes gaviota un buen día
y desde el suelo pretendes volar,
te dejaré probar tu porfía,
te dejaré tu delirio intentar.
Pero si el borde del rascacielos
tienta a tu mente en su error,
si pretendes romper los cielos
olvidando las leyes del suelo,
detendré tu locura con fuerza y furor.
Me enfrentaré a tus garras, a tu herida,
pondré mi cuerpo entre el abismo y tu piel;
lucharé con el alma por salvarte la vida,
pero no he de ser tu guardián ni tu riel.
No viviré encadenado a tu sombra,
ni atado al capricho de tu propio revés.
Y tal vez una tarde, mientras la prisa me nombra,
mientras atiendo el mundo que gira a mis pies,
tu alma de gaviota decida el asalto,
buscando una altura que no has de alcanzar,
y termines deshecha contra el frío asfalto
por aferrarte al engaño de saber volar.
No habrá culpa en mis manos, ni luto, ni queja;
Solo la fría certeza que el tiempo dejó:
La verdad siempre estuvo en mi verja
Tú no eras gaviota, no tenías razón.
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