BUSCADORES DE TESOROS


Tú y yo somos buscadores de tesoros.
Teniéndonos ambos en las manos,
frente a frente, desnudos y dispuestos,
no perdimos el tiempo en el titubeo,
sino que nos lanzamos al abismo del otro.
Fuimos empresarios de la libre empresa del deseo,
ambiciosos guardianes de un imperio de carne
que fundamos a ciegas, bajo el sol del asombro.
Pero, desgraciadamente, quisimos más:
una sed voraz de aquello que no pudimos controlar.
Tan malditos nos volvimos como el rey Midas,
que tocaba la vida y la trocaba en metal;
la caricia más pura, el cariño, el amor,
lo convertimos de pronto en pura lujuria,
en una fiebre dorada que quemaba las manos.
Nos perdimos los dos, insaciables,
en la búsqueda exacta de la riqueza del cuerpo,
rastreando la veta más profunda del goce,
la moneda brillante de la piel entregada.
Y al final de la noche,
con las manos colmadas de placer y de sombra,
nos miramos de frente, ricos de pertenencia,
sabiendo, en silencio...
que en el delirio de querer controlarlo todo,
terminamos perdiendo el alma.

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