El mármol cede ante el cincel del día,
se dobla el hombro que cargó el planeta;
busca la sombra donde el alma aquieta
su persistente y muda travesía.
No hay deshonor en la muralla abierta,
ni es cobardía desatar las manos;
los templos más solemnes y romanos
guardan la paz detrás de su compuerta.
Un lecho de ceniza y de madera,
un rincón libre del rigor del viento,
donde callar el viejo juramento
y desarmar por fin la armadura fiera.
Que el hombre fuerte funde su destino
no en el acero que jamás se rompe,
sino en el suelo que su orgullo rompe
para volver, descalzo, a su camino.
Hoy Atlas descansa de la Tierra,
concluye al fin su peso soberano;
afloja el músculo y la fiera mano,
y el mundo sin desvelos y sin guerras.
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