Te amo con la fuerza de aquel día,
con la misma ansiedad que me arrastraba
cuando a ciegas tu rumbo perseguía
y en el aire tu sombra dibujaba.
Te deseo con el temblor ausente
de la mano que busca desnudarte,
con el miedo sagrado y elocuente
del primer beso que alcancé a robarte.
Quiero tocarte hoy con la osadía
de quien explora un mapa misterioso,
con la fe de saber que descubría
un continente intacto y milagroso.
Para mis manos, tu humedad interna,
tu piel, tu abrazo, tu rincón secreto,
fueron la virgen y sagrada herna,
un cuerpo nuevo, libre, sin boceto.
Y aunque en tu historia el tiempo ya había andado,
y el mundo te ofreció su desconsuelo,
nada importó lo que quedó atrás, pasado...
borré tu ayer para encender tu cielo.
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