La cesárea.


Con tal de morder la fruta
y ganarme tu favor,
hasta al chamaco menor
le vi una gracia absoluta.
A esa cabeza hirsuta
le hallé hermosura de frente;
el deseo es inconsciente
y cuando el hambre camina,
hasta la espina es divina
si el bocado está caliente.

Tu cesárea combinaba
con la tanga de rebozo,
y yo, como un vil baboso,
viendo cómo te alumbraba.
Medio pueblo te besaba
esos labios de coral,
pero en mi afán criminal
grité que eran para mí,
y en tu juego me perdí
por andar de rabadán.

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