Hasta ayer mis sueños eran tú,
tu pelo, tu sonrisa, tu compañía,
el norte que mi alma perseguía,
la luz que disipaba la quietud.
Pero cambiaste el oro por virtud
de herirme con desprecio indiferente;
me negaste ante el mundo y la gente,
me humillaste sin tregua ni piedad,
sepultando en la fría oscuridad
lo que un día fue tierno y transparente.
Hoy ya no te necesito aquí,
la venda de mis ojos se ha caído;
ya no quiero morir junto a ti
ni habitar en el tiempo que he perdido.
Aunque vuelvas con ruego desmedido
y pretendas sembrar lo que murió,
este pecho tu sombra ya olvidó.
No busques el calor que ayer tenías:
en el desierto de tus ironías,
mi corazón el manantial secó
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