ÉL NO ME HACE REÍR


Yo sabía bien quién era él.
Lo miraba y era fácil perder la cuenta:
más alto, con el viento a su favor,
con los bolsillos llenos y el rostro impecable,
dueño de todas las virtudes que el mundo aplaude.
Él era, ante los ojos de cualquiera,
infinitamente mejor que yo.
Me preparé para el adiós,
para el paso lógico de tu partida.
Pero me miraste de frente,
rompiendo la lógica del orgullo,
y con la urgencia de quien se quita un peso de encima,
me soltaste la verdad entre los dientes:
—*Él no me hace reír, carajos.*
*Él no me hace feliz.*
*Él... él no me provoca a ser mujer.*
Y en ese instante comprendí
que de nada sirven las alturas
cuando no se sabe habitar el suelo de tu risa,
ni importan todas las monedas del mundo
si ninguna puede pagar el fuego
que te enciende el alma.


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