—Tú tienes un alma y vine por ella —me insistió Belcebú—. Así que te agradezco la hospitalidad, pero ha llegado el tiempo de que me la entregues.
—Tal vez no me creas, Satanás; sí, alguna vez tuve un alma, pero soy un ser lleno de fracasos. Y antes que ella, antes que esta mujer cuyos bellos ojos y bien formado cuerpo desatan mis pensamientos sexuales más perversos, hubo otras. Una en especial provocó en mí eso que llaman amor y, como todo aquel que tiene el amor verdadero, abusó de él: humilló mi amor hasta el delirio, me despreció miles de veces, me negó en sus círculos sociales y me convirtió en nada. No gustaba de mí, ni siquiera una foto juntos, nada; solo había nada. Si alguien le preguntaba qué era yo para ella, solo respondía: «mi pareja», pero en una actitud de me da igual.
Yo sí estaba enamorado, y soporté eso y más porque en la intimidad, ahí cuando estábamos solos, me decía que me amaba y preguntaba llena de ego: «¿Me amas?». A lo cual mi respuesta era: «¡Te amo!». Como toda mujer, ahora lo entiendo, preguntaba: «¿Cuánto me amas?».
—Mucho.
—¿Qué tanto es ese mucho?
—De aquí al infinito.
—¿Cuánto?
—Como al universo.
—¡No es suficiente!
—¿Cuánto más?...
Las respuestas y las preguntas se multiplicaban. El sexo era agotador, pero yo ahí estaba complaciéndola; mi respuesta nunca era suficiente. Exhaustos continuábamos juntos y otra noche, u otro día, otra tarde, se repetía la historia: en su vida ignorado, en la intimidad esclavo. El interrogatorio de siempre, hasta que llegó la respuesta.
—¿Cuánto me amas, desdichado?
—¡Más que a Dios! —grité.
El silencio llegó; ella me miró complacida y asustada. Nadie puede amar a nada más que a Dios, pero yo la amaba así, y Dios me retiró el alma. Porque mi alma amaba de verdad, la amaba de verdad, y yo la había condenado.
Ahora soy solo un ser en este mundo gozando los pecados capitales; aquella jamás volvió a preguntar cuánto la amaba y un día se fue sin decir nada. Creí amar a quien me visita de vez en cuando en busca del placer y un día, cuando se fue con uno que sí la amaba, te invoqué. ¿Te acuerdas? Para venderte mi alma a cambio de que vuelva a mi lado, y tú me dijiste: «No tienes nada, ¡no tienes alma!». Fue entonces cuando supe la magnitud de lo que ocurrió aquella noche en donde, en el fragor de la tempestad del sexo, Dios me retiró el alma y me condenó a vagar por este mundo. Yo también caí a mi propio infierno al igual que tú, «Luz del amanecer». Nadie ama o se ama más que a Dios... así que salud y eterna vida, Lucifer.
(DE MIS PLÁTICAS CON EL DIABLO, JUAN ENRIQUE OJEDA CABALLERO)
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